INVESTIGACIONES EN CURSO
Proyecto para un trabajo de investigación en grupo sobre el Padre en el Psicoanálisis
Aproximaciones a la cuestión del padre en Freud y en Lacan, y su articulación con la interpretación en psicoanálisis
Lacan localiza en la investigación freudiana sobre el padre una pregunta ¿Qué es un padre? Es una pregunta que está presente a lo largo de toda la obra de Freud y Lacan la retomará para avanzar en su conceptualización.
Las distintas teorizaciones de Freud sobre el padre están articuladas a su análisis personal y a las dificultades que se le van presentando en su trabajo clínico, como le sucede por ejemplo con la fijación libidinal que insiste y se resiste a desaparecer como un obstáculo al bienestar del sujeto, lo que va a permitir a Freud ir teorizando la cuestión de cómo interviene el analista en la cura, cuestión presente hasta el final de su obra (Análisis terminable e interminable)
En el “Proyecto de una psicología para neurólogos” (1895) construye el aparato psíquico como un sistema de huellas que ligan la excitación que experimenta el psiquismo humano, quedando siempre una excitación no ligada que agujerea el sistema.
En su correspondencia con Fliess (Manuscrito K, 1896) Freud se pregunta cómo un sujeto se posiciona frente a esta excitación que desborda al aparato psíquico, y que la defensa del sujeto contra esta excitación se realizará o mediante la creencia, y utilizará para ello una serie de mecanismos para reprimirla al mismo tiempo que la sostiene, y así el sujeto quedará del lado de la neurosis, o como rechazo o negación de la creencia (Unglauben) y tendremos la psicosis.
En la carta 52 a Fliess (1896) afirma que el ataque histérico no es una descarga sino que es una acción para reproducir un placer sexual. Vemos cómo Freud implica al sujeto en el trauma sexual, lo que indica que ahí se manifiesta un deseo que es vehiculizado en esa acción, deseo inconsciente y por tanto desconocido para el sujeto, lo que plantea la pregunta por ese deseo.
En “La interpretación de los sueños” (1900) dice que el sueño es una realización de deseos inconsciente, y el deseo inconsciente fundamental es la muerte del padre. El sujeto está separado del saber sobre el deseo, y el padre será el lugar al que se dirija la pregunta, porque de su lado le llega al sujeto la incertidumbre, el padre no es un hecho natural, el padre siempre es incierto, y evoca la pregunta del sujeto por el deseo ¿qué deseo en relación a la vida y al sexo? Pregunta sobre el linaje y la filiación que el padre transmite y es dirigida a él por el sujeto, así la creencia en el padre es estructural como Ideal que tendría las claves del saber sobre el sexo. Esto le va a hacer cambiar más adelante su idea sobre el trauma. Sus pacientes histéricas le relataban el trauma como un atentado sexual, sufrido pasivamente en la realidad, ejercido por el padre u otro adulto y que tuvo lugar en la infancia, este atentado en la edad adulta era la causa del síntoma. De esta hipótesis pasa a concebir el trauma sexual como una fantasía de seducción que manifiesta una verdad subjetiva, que aloja en el exterior (deseo del Otro) lo experimentado por el sujeto como un deseo sexual, que agujerea el aparato psíquico, produciendo una falta de saber en el inconsciente que es recubierta por esta fantasía en la que queda fijado un modo de satisfacción libidinal.
Por lo tanto en esa fantasía el deseo desconocido por el sujeto, experimentado en esa excitación, y que vehiculiza esa acción de reproducir el placer sexual, se representa como viniendo del Otro, el Padre como una figura iniciadora en el deseo y, por tanto también es la construcción (creencia) de un Padre Ideal del saber que viene en el lugar de lo traumático sexual.
En el texto “Pegan a un niño” (1919) nos encontramos con la representación en el psiquismo de la no representable de lo sexual, bajo la creencia en un padre maltratador, que reclama el goce que se le sustrae, y el sujeto, situándose en posición pasiva como objeto de esa acción, hace que esa excitación sexual no representable circule entre la figura del Padre y el sujeto, sosteniendo así la creencia también en un Padre Ideal el amor (“me pega luego me ama”).
En el Complejo de Edipo plantea la ley del padre, de prohibición del incesto, como reguladora del goce, ya que conecta el deseo a la ley.
En “Totem y tabú” (1912-1913) Freud construye el mito del padre de la horda primitiva para explicar los orígenes de la civilización e introduce así la pregunta del sujeto sobre su goce, bajo la forma de la pregunta por el goce del padre y lo que responde en ese lugar es el padre muerto o padre simbólico. La trama del mito plantea, en el lugar de lo imposible del goce para el sujeto, la prohibición del goce por el padre. Los hijos deciden matar al padre y apropiarse de las mujeres para gozar de ellas ya que la ley del padre, es prohibírselas al grupo de los hijos-hermanos, y quedarse el goce para él sólo, es decir impone la ley de su goce. Una vez perpetrado el asesinato y muerto el padre su ley se les impone con más rigor bajo la forma del sentimiento de culpa, ya que hacia el padre también había sentimientos de amor. Aquí empieza una guerra fratricida para dilucidar quién ocupa el lugar del padre, porque ha pasado a ser considerado un Ideal después de muerto. Los hijos se ven obligados a hacer un pacto, un pacto simbólico representado por el Tótem, que es un significante del padre que introduce un sistema de prohibiciones y obligaciones, a través del cual se transmite la ley de prohibición del incesto, que se presenta en lo consciente como la obligación de buscar mujeres fuera del grupo, es la exogamia, y así quedan prohibidas las mujeres del grupo, que como ley inconsciente transmite la cultura.
Pero Freud se encuentra con que esta articulación del deseo a la ley no regula toda la excitación sexual, porque queda la fijación libidinal a una escena que el sujeto busca repetir en la realidad y que es generadora de displacer, asimismo en la transferencia se producen los fenómenos que se engloban bajo la denominación de reacción terapéutica negativa, que se oponen a la cesación del síntoma y que se presentan en el límite del desciframiento del inconsciente o límite a la rememoración. En este punto Freud recurre a la construcción de lo que el paciente no recuerda (Hombre de los lobos, 1917).
Esto llevará a Freud a sus desarrollos teóricos sobre la pulsión de muerte (Más allá del principio del placer, 1920)
Tiene que construir una instancia, la del superyo como heredero del complejo de Edipo, que es una instancia que continúa la prohibición del goce incestuoso, como el padre edípico, pero al ser una instancia que recibe su investidura libidinal del Ello y no obedece a las prohibiciones, ese empuje a la satisfacción del Ello rompe el principio del placer y le vuelve al sujeto mediante la culpa, y es por ahí por donde surge en el Superyo ese goce no regulado por el padre edípico, el superyo muestra otra cara que no es la prohibición, sino la transgresión porque la pulsión exige satisfacción y por tanto, sostiene la conciencia de culpa. Esta cuestión la seguirá trabajando en el Moisés y la religión monoteísta (1937-1938), donde la reconstrucción mítica del parricidio del pueblo judío sobre Moisés y su olvido posterior (represión) le permite a Freud seguir teorizando la función del padre tanto en el sujeto como en la cultura.
En la cura analítica desde que un sujeto se dirige al analista a plantearle sus preguntas sobre la vida y el sexo, el analista queda situado en el lugar del padre por ese sujeto pero ¿cómo responder como analista y no desde el lugar del padre?
En 1953 Lacan dicta su conferencia sobre los tres registros, “lo simbólico, lo imaginario y lo real”, como puesta en forma de sus trabajos anteriores. Con estas herramientas va a formalizar la función del padre, que va a reducir al Nombre del Padre, el Nombre del Padre es un significante metafórico que viene a sustituir el deseo de la madre, con la producción de una significación nueva, la significación fálica, construye la metáfora paterna en el texto “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” (1958), y después de su Seminario III, “Las Psicosis” (1955-1956), plantea la forclusión del Nombre del Padre en la psicosis donde la metáfora paterna no se ha producido, y por tanto no hay significación fálica y hay que articularla con sus trabajos en los Seminarios de “Las formaciones del inconsciente” (1957-1958) y “El deseo y su interpretación” (1958-1959). Lacan despeja el complejo de Edipo de sus connotaciones imaginarias. El complejo de Edipo es la dramatización épica del hecho estructural de la castración de goce, de cómo el complejo de castración es introducido en el sujeto.
El mito relata cómo el padre prohíbe a la madre el niño y al niño la madre. El sujeto queda así separado del objeto incestuoso, de la completud de goce, no hay objeto sexual predeterminado, es decir saber sobre el sexo.
Lacan esclarece la función del padre simbólico, la del padre real y la del padre imaginario, que descompone en el agente de la operación que incide en el sujeto, la operación que se realiza (castración, frustración, privación) y el objeto sobre el que recae la operación, todo ello queda subsumido en la metáfora paterna como función del padre.
La metáfora paterna al dar lugar a la función fálica va a dar cuenta de la cuestión del deseo como deseo sexual, al mismo tiempo que el significante fálico señala la incompletud del sistema significante.
La metáfora paterna viene a matematizar lo que Freud venía planteando en sus distintos mitos sobre el padre, el lugar de un imposible del que el mito era la expresión.
En el texto “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo” (1960) se remite al texto del Moisés para decir que en el psicoanálisis no se trata de ninguna verdad última, por eso no es una religión sino que el mito de la muerte de Moisés, es el mito del padre muerto que viene a cubrir y revelar el significante de la falta en el Otro.
En 1963 Lacan renuncia a dar el Seminario que había anunciado sobre los Nombres del Padre y en su lugar dictó el Seminario 11, “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis” (1963-1964), en el que avanza en su conceptualización del objeto a, que inició en el Seminario de “La angustia” (1962-1963), lo que le permite hacer la separación entre la creencia en el padre, que sostiene el Ideal, del objeto a, así mantiene abierta la imposibilidad de cerrar esa hiancia con la que Freud se encontró, la heterogeneidad entre el goce y el significante.
Esto nos interesa para la dirección de la cura porque va a plantear el deseo del analista como el lugar desde donde se mantiene la separación entre el Ideal y el objeto a. Ideal al que aspira el sujeto en su alineación significante ya que sostiene al padre como creencia en que el significante podría cifrar todo el goce pasándolo al saber, que la pregunta por el sexo que se dirige al padre se resolvería en términos de saber, pero queda un resto de la operación del Nombre del Padre, el objeto a, porque no todo en la estructura es significante. El objeto a como el agujero al que rodea la pulsión, y ahí, en ese agujero se sitúan los objetos significantes (simbólicos) que conectan la pulsión a la demanda (fijaciones de goce en el fantasma), y ésta con el Ideal.
Esta separación entre el Ideal y el objeto a, que le vendrá al analizante del lugar del analista le permitirá al sujeto elaborar su posición de objeto en el fantasma. Esta elaboración es posible por la distinción que hace Lacan entre el concepto de transferencia y el de repetición.
Vemos cómo la llamada al padre Ideal está vehiculizada en la transferencia, que Lacan conceptualiza como el Sujeto supuesto Saber, pero también el objeto a, causa del deseo en la cura, que se muestra en la repetición como límite a la elaboración significante y encuentro para el sujeto con lo real que lo habita.
En el Seminario XVII, “El reverso del psicoanálisis” (1969-1970), plantea su “más allá del Edipo” y nos dice que de lo que se trata en la función del padre es de la transmisión de la castración, como transmisión de la filiación y del corte que será el propio sujeto en lo real, y quien la introduce es el lenguaje, la estructura incorporándose e incorporada en el viviente, el padre real es el lenguaje, por tanto el Otro del goce no existe ya que no hay padre de excepción (la muerte del padre, el asesinato del padre, el padre del goce son sólo fantasmas neuróticos). Lo que hace excepción como ley no es un padre no castrado de goce (que es la creencia en un sujeto completado por el goce, que es un momento mítico y por tanto que no existió, anterior al nacimiento del sujeto y de la cultura, es el padre imaginario). Lo que hace excepción como fundamento de la ley que se transmite en términos de prohibición (el Edipo, padre simbólico) es el hecho de la pérdida de goce para el humano, que lo introduce el lenguaje (padre real). Tanto el padre real, como el padre simbólico, como el padre imaginario, están afectados por la inconsistencia, porque el padre es la propia articulación significante que produce pérdida de goce y causa el deseo. Vemos cómo Lacan va depurando cada vez más el lugar de lo imposible que Freud recubre y explica con el mito.
En su teorización sobre los discursos, en este Seminario XVII, sitúa al padre como el S1 que es la condición del inconsciente, este S1 agujerea la estructura ya que no toda la estructura es saber, S2. El S1, en el lugar del agente, hace el trabajo del discurso del amo produciendo la pérdida de goce y el plus de goce como resto de la operación significante.
Así el Nombre del Padre se transforma ahora en la multiplicidad de los Nombres del padre, particular a cada sujeto, que vendrá a suplir la inconsistencia de los tres registros.
Lacan va teorizar el padre como suplencia en el Seminario El sinthome (1975-1976) y en el Seminario RSI (1974-1975), donde se refiere al síntoma ya no como una formación del inconsciente sino como sinthome, que hace suplencia ahí donde el Otro es inconsistente, el padre ahí es lo incurable del sujeto que anuda los tres registros I.S.R., como cuarto nudo, la letra de goce.
En La tercera (Discurso de Roma, 1974) dice que el S1 como letra de goce sólo se puede escribir si no tiene “ningún efecto de sentido”, por tanto no es un significante, ya que no está articulado en la cadena significante, y en el Seminario El sinthome afirma que lo más desprovisto de sentido es la consistencia, así el sinthome como letra de goce es el S1 que es “homólogo al objeto a”, la marca escrita de la introducción de la castración por el lenguaje.
La función del padre la sitúa así como pere-version, que viene dada por “cómo un hombre hace de una mujer la causa de su deseo”, y transmite así la castración. Esa mujer evoca en el hombre que ocupa la función del padre la castración de goce de él, y así, esa mujer será causa de deseo, es la transmisión de un deseo causado por la castración de goce, un deseo que no es anónimo. Y habrá un modo particular para cada sujeto de respuesta de goce o letra de goce a ese hecho de transmisión particular.
Tendremos que distinguir en nuestro trabajo de investigación sobre el padre: el sinthome, del deseo de analista en Lacan, porque en el deseo de analista se trata de encarnar esa pérdida de goce y esa falta en el saber manteniéndolo como lugar vacío hasta el final de la cura, y el analizante podrá situar ahí el objeto que se ha hecho ser en su fantasma, del que caerá destituido el analista al final de la cura, y el analizante podrá tomar o no el relevo de esa función y el sinthome, por el contrario, viene a suplir la castración.
¿Qué interpretación corresponde a las distintas concepciones y avances de Freud y Lacan en su investigación sobre el padre?
Juan Fernández Alvarado
Madrid, 4-julio-2008
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