La AePCL (Asociación española de Psicoanálisis del Campo Lacaniano) responde a la iniciativa de quienes desean crear una comunidad de trabajo de ámbito español que mantenga viva la experiencia psicoanalítica en la orientación de S. Freud y J. Lacan.



BIENESTARES EN LA CULTURA

Un arte no complaciente

Francisco Cervilla      

En los primeros días de mayo tuve la oportunidad de realizar una visita al IVAM (Institut Valencià d’Art Modern), al azar de la exposición que hubiera organizada para esa fecha. La programación no suele defraudar y si lo hace la exposición permanente, con las espléndidas salas dedicadas a la colección Julio González, compensa sobremanera cualquier expectativa contrariada. Para asegurarme una visita pausada y sin aglomeraciones, mal museístico actual, me ayudé en cuanto a la hora: la primera de la mañana de un domingo. Tiempo primaveral y ciudad tranquila. No sólo conseguí un recorrido quieto por sus salas, sino que una vez allí me encontré con una exposición sorprendente de un artista para mí desconocido: Jean Tinguely, natural de la disciplinada, aséptica y armoniosa Suiza, donde falleció en 1991, no sin antes subvertir los mencionados valores helvéticos. De esas celebradas virtudes salieron estas antagónicas creaciones.   
Una extensa producción de dibujos y esculturas metálicas proporciona, de entrada, un impacto visual no complaciente, pero que, ya dentro, despierta la curiosidad e incita a explorarla. El escultor toma el material con el que trabaja de los residuos inservibles de la industria, de sus excrecencias, de la chatarra, por cuyos depósitos transita, creando estructuras móviles ensambladas que no intentan ser armoniosas, si por armonía entendemos la combinación concertada, grata, conveniente y proporcionada de partes diferentes. Eso es lo que el confort psíquico, adormecedor y enajenante, solicita. El efecto que el artista obtiene es lo contrario a la comodidad e impide la dormitación de la mirada, a causa de la discontinuidad, la disrupción, y del logro de una unidad que acentúa la heterogeneidad de las partes, la autonomía de sus fragmentos.
Las esculturas expuestas, constituyen, así me resultó, una provocación que puede suscitar connivencia, humor, o bien rechazo. No deja indiferente una expresión del arte que indaga en sus propios límites, un arte crítico con su época, que es la nuestra, y que cuestiona el sometimiento del hombre al mundo de la tecnología y de la máquina. 
El artista logra vincular al visitante a sus esculturas, haciéndole partícipe de la puesta en movimiento de su obra. Una serie de botones rojos situados estratégicamente en el suelo, al pie de las esculturas, permite, al pisarlos, poner cada estructura en movimiento. Al prestarse a esta invitación, se produce, por momentos la ilusión de un contacto, de una comunicación con el artista, que juega con su público, pero cuando este fenómeno placentero surge, de golpe desaparece a consecuencia del ruido causado por las esculturas en su animación, y que por mor del escándalo devienen, en ese momento, máquinas. Calmado el ruido, continúa la visita, dejándonos llevar de nuevo por el escultor, volviendo a pisar los botones propuestos para reproducir el movimiento que él ideó, pero con el riesgo de que esta operación, no sólo vuelva a producir el estruendo anterior, sino que se convierta en acción mortífera al descubrir lo evidente: que estas esculturas se encuentran condenadas al mismo movimiento mecánico e inanimado con el que el artista las concibió. Acción de la que por tanto conviene no abusar. Una advertencia al consumo indiscriminado: lo gratificante puede devenir mortal para el deseo.  
En este punto de afectos encontrados, recuerdo eso que dice Antonio Gamoneda de que  placer y sufrimiento forman una reunión increíble en la obra de arte. Dardo certero del poeta.

Más allá de la idea compartida de que Tinguely realiza crítica social con su obra, las palabras de Gamoneda me llevan a la cuestión que para mi subsiste desde el inicio de este paseo por la exposición, que es la pregunta sobre este material informe, inútil, ese material de basurero que el artista elige para articularlo en la búsqueda de una expresión. Esta obra, su creación, no la puedo desligar del universo interno de su autor, aunque este universo permanezca desconocido, no la puedo contemplar sin pensar en los fragmentos íntimos, subjetivos, inservibles e inútiles que, pertenecientes a su mundo personal, quizás lo abrumaron y posiblemente dieron lugar a esta noble manifestación. Trozos, desechos, restos personales, a los que pudo dar una forma nueva, una organización de la que acaso carecía, y con la que obtuvo un nuevo valor.
Estas estructuras móviles, arte cinético lo llaman, nada complacientes, hacen pensar también en las formaciones humanas, integradas por partes diferentes, heterogéneas, disjuntas, y que sin embargo un acto creativo logra combinarlas en un movimiento que las implica. Movimiento ruidoso por el roce que originan los pedazos disímiles dentro del conjunto, en contraste con el compás único, monocorde, gris, uniforme y aburrido, que anhela ese ideario absoluto, purista y dogmático que quiere un todo que borre las partes, lo desemejante.

 

Madrid, mayo 2008

 

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