Albert Garcia i Hernāndez (Barcelona, abril 2008)
Avidez, hazaña y simulacro en la vida amorosa, ¿rasgos de las particularidades del amor contemporáneo?
Quizá en la avidez con que los sujetos tratan de cumplir el agotador mandato contemporáneo de ser felices, y para ello se desgastan en las más inútiles y redundantes hazañas, cualquier simulacro, más cerca del atletismo que del goce, pueda ser considerado vida amorosa.
Los resultados de todo ello se titubean en el sillón para desparramarse posteriormente en el diván, si es que la escucha, aún, no nos falla.
Cuarenta años después de un mayo en que el amor se escribió en bastantes muros; en que, en nombre de un ideal de libertad y recuperando la memoria arrasada en el Berlín y la España de los 30, los cuerpos lo probaron casi todo, tampoco es cuestión de atosigar a los sujetos contemporáneos con esas lides porque va a parecerse demasiado a cargarles con una culpa que no es más que la herida, profunda y narcisista, de aquellos que creyeron honestamente encontrar el mar bajo los adoquines.
Resumiendo: cada uno hace lo que puede con lo que le hacen.
Lo que le hacen, sí, porque de todo, de absolutamente todo, no puede ser siempre responsable. Cuidado con “histerizar” el discurso del recién llegado. ¿Por qué no calmar en una primera instancia? Calmar esa avidez que es el apellido comercial de la angustia. Esa sería la hazaña inicial desde el inicial simulacro que es el amor del analista (llamado también deseo).
En la verborrea sexual contemporánea, la mayor hazaña es lograr hablar de amor (ni intenten hablar de sexo).
De eso, precisamente de eso, no se puede hablar. He ahí, pues, la pista, la orientación y el reto.
Y, ¿cómo empezar? Podemos acudir a…
Podemos acudir, otra vez, a los poetas.
En su libro titulado "Ronda de noche", Ana Becciu nos dice (y nos orienta):
"El amor se produce cuando se acaricia una textura, cuando con las manos, o con la boca, se relata. La boca acaricia con relatos, provoca texturas aquí y allá. Y en las texturas se puede leer. Pero casi nadie sabe leer.
...Hay algo en los ojos de la amada que está quieto, detenido, a la espera. De esta espera se desprende un brillo, un resplandor que no deja ver bien. Cuando la amada abre los ojos, los ahueca, como quien con la mano recoge el agua de una fuente, y retiene en ellos la mirada que protege a todo su pasado. Quien la ama sabe que de esa región estará siempre ausente. Que no ha sido invitado, ni lo será.
De ese espacio es, precisamente, de lo que se ha enamorado".
O podemos acudir al cine.
De “Good bye Lenin” podríamos subrayar ese como un sometimiento a la demanda materna. Pero también podemos contemplarla como un ejemplo de simulacro por amor (el cine, ya se sabe, “Johnny Guitar”, “El tercer hombre”, etc. muestra poéticamente los simulacros). De todas las miradas de la madre – es una madre que mira mucho– hay una, una sola, con la que el director nos indica que ella sabe. Sabe que su hijo le está intentando engañar. Y a esa madre no es fácil engañarla, vean: sale del coma justo en el momento en que su hijo besa a la enfermera en la habitación del hospital. Sabe que le engaña y sabe más: el amor que es causa de todo el simulacro. El amor también, ¿por qué no?, a un tiempo que la contemporaneidad va desgarrando con su avidez capitalista.
O podemos acudir a la música:
Hay una pieza extraordinaria, poco conocida pero fácil de encontrar, por ejemplo en Internet o en el disco “Rites” de Jan Garbarek, donde quiso incluirla. Se trata de “La luna sobre Mtsasminda”, del compositor ruso (Georgia) Jansug Kakhidze. Tras una enfermedad que por poco se lo lleva a la tumba, este compositor y director de orquesta quiso grabar él mismo, acompañado por la sinfónica de Tblisi, ciudad donde nació en 1935, la canción. El motivo es aparentemente simple: una noche, ya restablecido, observa la planicie de Mtsasminda bañada por la luna y se emociona a tal punto que compone una canción (… nunca mis ojos vieron una luna tan maravillosa como la de esta noche…). Anciano, con un hilo de voz, pero perfectamente entonado, Kakhide nos pone los pelos de punta. Aparentemente simple es contemplar la luna mil veces contemplada, pero lo complejo es transmitir la contemplación particularísima de la luna de una noche sobre una ciudad en un momento particular de un ser humano.
Acudir a no cualquier poesía, a no cualquier cine, a no cualquier música; acudir, así, a lo que la avidez toma por inútil (sin valor de cambio) es la hazaña que turba al simulacro.
Acudir y reposar, degustar, paladear, pensar, oír y escucharse, sentir, respirar… sin que por todo ello haya que abrazar “orientalismos” (otra particularidad contemporánea).
Hay un verso de un poeta: “la lentitud es subversiva”.
Pero eso sería volver a empezar y aquí ya no cabe.
Albert Garcia i Hernāndez
Volver a Jornadas