La AePCL (Asociación española de Psicoanálisis del Campo Lacaniano) responde a la iniciativa de quienes desean crear una comunidad de trabajo de ámbito español que mantenga viva la experiencia psicoanalítica en la orientación de S. Freud y J. Lacan.



VIII. JORNADAS DE LA AEPCL
Avidez, hazaņa y simulacro en la vida amorosa.


SEPTIMO NO-PRELUDIO
 

Pilar Dasí Crespo (Valencia)

De acuerdo con la propuesta, que hicimos la Junta Directiva de la AePCL, de aportar cuestiones alejadas de la doxa analítica y al mismo tiempo útiles a la misma y al tema de esta Jornada, he seleccionado algunas cartas de entre la correspondencia ¿amorosa? escrita por Joyce a su mujer, Nora Barnacle.

El periodo de las cartas es largo, desde 1904 a 1920 y están fechadas en los lugares de la errancia de Joyce: Dublín, Trieste, Londres. Dejo al lector que saque sus propias conclusiones, al tiempo que considero una referencia imprescindible para leer el seminario de J. Lacan sobre Joyce.

Este No-preludio ha salido un poco largo, pero me he sentido incapaz de no prestar su escritura a Joyce, en toda la extensión que merece y que nos merecemos los lectores de estas cartas, que recomiendo en su edición completa.

CARTAS DE AMOR DE JAMES JOYCE A NORA BARNACLE

12 de julio de 1904
60 Shelbourne Rd., Dublín
Mi querida Lindos Zapatitos Marrones, olvidé que mañana (miércoles) no puedo verte, pero sí el jueves a la misma hora. Espero que pongas mi carta en la cama debidamente. Tu guante a mi lado toda la noche está sin abotonar; por otra parte, se comporta muy decentemente como Nora. Por favor, quítate ese corsé, pues no me gusta abrazar un buzón.
Un beso de veinticinco minutos en tu cuello.
AUJEY

21 de julio de 1904
60 Shelbourne Rd.     
Querida Nora, perdóname por el papel. Dado que intercambio no es robo, acepta, por favor, ésta. ¿Nos veremos mañana por la tarde a las ocho y media? Espero que mi carta duerma bien toda la noche. El guante se comporta mejor todavía.
J.A.J.

3 de agosto de 1904
60 Shelbourne Road
Querida Nora, ¿estarás “libre” esta noche a las ocho y media? Espero que así sea, porque he tenido tantas preocupaciones que necesito olvidarlo todo en tus brazos. Así que ven si puedes. En virtud de los apostólicos poderes investidos en mí por su Santidad el Papa Pío Décimo, por la presente te doy permiso para venir sin faldas para recibir la Bendición Papal que estaré encantado de proporcionarte. Tuyo en el Judío Agonizante.
VINCENZO VANNUTELLI
 (Diácono Cardenal)

29 de agosto de 1904
60 Shelbourne Road
Querida Nora, acabo de terminar mi almuerzo; no tenía apetito.

Cuando estaba por la mitad me di cuenta de que estaba comiendo con los dedos. Me sentí mal como la otra noche. Estoy muy angustiado.

Perdona esta pluma horrible y este papel tan feo.

Anoche debo haberte apenado por lo que dije, pero seguramente será bueno que conozcas cómo pienso sobre gran parte de las cosas. Mi razón rechaza la totalidad del actual orden social, así como el cristianismo- hogar, las virtudes reconocidas, clases en la vida y doctrinas religiosas. ¿Cómo podría atraerme la idea del hogar? Mi hogar fue simplemente uno de clase media arruinado por los hábitos derrochadores que he heredado. A mi madre la mataron lentamente, pienso, los malos tratos que le daba mi padre, los años de sufrimiento y la cínica franqueza de mi proceder. Cuando miré su cara, en el ataúd, una cara gris y consumida por el cáncer, comprendí que estaba viendo la cara de una víctima, y maldije el sistema que la había hecho su víctima. En la familia éramos diecisiete. Mis hermanos y hermanas no son nada para mí. Sólo un hermano es capaz de comprenderme.

Hace seis años dejé, con un odio ferviente, la Iglesia Católica. Me fue imposible permanecer en ella contrariando los impulsos de mi naturaleza. Cuando era estudiante hice contra ella una guerra secreta y decliné aceptar las posiciones que se me ofrecían. Al hacerlo me convertí en un mendigo, pero conservé mi orgullo. Ahora mantengo a través de una guerra abierta lo que escribo, digo y hago. No puedo ingresar en el orden social si no es como vagabundo. Empecé a estudiar medicina tres veces, una vez leyes, una vez música. Hace una semana me estaba preparando para salir como actor ambulante. No pude poner mucho ánimo en el plan, porque tú tironeabas en sentido contrario. Las dificultades actuales de mi vida son increíbles, pero las desprecio.

Anoche, cuando te fuiste, deambulé hacia Grafton St., donde permanecí fumando largo tiempo apoyado en un farol. La calle estaba llena de una animación en la que vertí un torrente de mi juventud.

Mientras permanecía allí recordé unas frases que escribí hace algunos años cuando vivía en París, las frases son, “Pasan de a dos y de a tres entre la animación del bulevar, paseando como gente desocupada en un lugar iluminado para ellas. Están en la pastelería charlando, comiendo dulces o sentadas silenciosamente en una mesa de una terraza; o descendiendo de carruajes con un revuelo de vestidos, suave como la voz del adúltero. Pasan con una brisa de perfumes. Bajo los perfumes sus cuerpos tienen un cálido olor húmedo”.

Mientras me estaba repitiendo esto me di cuenta de que la vida aún me esperaba, si es que decidía entrar en ella. Quizás. no podría embriagarme como lo había hecho alguna vez, pero aún estaba allí y, ahora que soy más juicioso y me controlo más, era inofensiva. No haría preguntas, no esperaría nada de mí, excepto unos momentos de mi vida, dejando libre el resto y me prometería el placer a cambio.

Pensé en todo esto y lo rechacé sin remordimiento. Era inútil para mí; no podría darme lo que yo esperaba.

Creo que has malinterpretado algunos pasajes de una carta que te escribí, y he observado cierta reserva en tu actitud, como si el recuerdo de aquella noche te turbara. Sin embargo, yo lo considero como una especie de sacramento, y su recuerdo me llena de una asombrosa alegría.

Quizás no comprendas enseguida por qué motivo te respeto tanto por ello, pues no conoces aún mucho sobre mi manera de pensar. Pero al mismo tiempo fue un sacramento que me dejó un gusto final de pena y abatimiento, pena porque vi en ti una extraordinaria y melancólica ternura que había tomado este sacramento como un compromiso; y abatimiento porque comprendí que, a tus ojos, yo era inferior a una convención de nuestra sociedad actual.

Anoche te hablé sarcásticamente, pero hablaba del mundo, no de ti. Soy enemigo de la bajeza y esclavitud de la gente, no de ti. ¿No puedes advertir la sencillez que hay detrás de todos mis disfraces?

Todos llevamos una máscara. Cierta gente que sabe que estamos muy unidos suele increparme. Los escucho con calma, desdeñando responderles, pero su última palabra agobia mi corazón como a un pájaro la tormenta.

No es agradable para mí tener que ir ahora a la cama recordando la última mirada de tus ojos, una mirada de cansada indiferencia, y la tortura de tu voz la otra noche. Creo que ningún ser humano ha estado nunca tan cerca de mi alma como tú lo estás, y, sin embargo, aún puedes interpretar mis palabras con lastimosa descortesía (“Sé de lo que está hablando ahora”, dices) Cuando era más joven tuve un amigo a quien me di por completo, en cierto sentido más de lo que me entrego a ti, y en otro sentido menos. Era irlandés, es decir, me traicionó.

No he dicho ni una palabra de lo que quería decir, pero escribir con esta maldita pluma es un trabajo duro. No sé qué pensarás de esta carta. Por favor, escríbeme Nora querida, ¿lo harás?, te respeto mucho, créeme, pero quiero algo más que tus caricias. Me has dejado de nuevo con una duda angustiosa.

J.A.J.

En 1909 ya habían nacido sus dos hijos y el 6 de agosto de 1909 habla de su amor muerto. Empiezan los celos ante el recuerdo de la que era Nora en 1904.

7 de agosto de 1909
44 Fontenoy Street

Son las seis y media de la mañana y hace frío mientras escribo.

Apenas he dormido en toda la noche. ¿Es Giorgio hijo mío? La primera noche que dormí contigo en Zurich fue el 11 de octubre y él nació el 27 de julio. Esto hace nueve meses y diecisiete días. Recuerdo que aquella noche hubo muy poca sangre... ¿Te habías acostado con alguien antes de hacerlo conmigo? Me habías contado que un cierto Hallohan (un buen católico, claro, cumpliendo siempre sus deberes de Semana Santa) quería tenerte, cuando estabas en el hotel, usando lo que llaman un “condón”. ¿Llegó a hacerlo? ¿O le permitiste sólo que te acariciara y te tocara con sus manos?

Dime. Cuando estabas con el otro (un “amigo” mío) en aquel prado cerca del Dodder (las noches en que yo no estaba allí), ¿estabas tendida cuando lo besabas? ¿Le pusiste tu mano como hiciste conmigo en la oscuridad y le dijiste como a mí, “qué es esto, cariño”? Un día caminé arriba y abajo por las calles de Dublín sin oír otra cosa que estas palabras, repitiéndolas una y otra vez y permaneciendo quieto para escuchar mejor la voz de mi amor.

¿Qué pasará ahora con mi amor? ¿Cómo voy a ahuyentar el rostro que aparecerá ahora entre nuestros labios? ¡Noche por medio en las mismas calles!

He sido un loco. Siempre creí que sólo te dabas a mí, y estabas dividiendo tu cuerpo entre el mío y el de otro. Aquí en Dublín circula el rumor de que yo he recogido las sobras de otro. Quizás se ríen cuando me ven pasar con mi hijo por las calles.

¡Oh, Nora! ¡Nora! ¡Nora! Ahora estoy hablando a la muchacha que amé, que tenía el pelo castaño rojizo, y que se acercó tranquilamente a mí, me tomó entre sus manos y me hizo un hombre.

Marcharé a Trieste tan pronto como Stannie me mande el dinero, y luego veremos qué es lo mejor que podemos hacer.

Oh, Nora, ¿hay alguna esperanza para mi felicidad?

¿Quedará mi vida destrozada? Aquí dicen que me estoy consumiendo.

Si pudiera olvidar mis libros y mis hijos, olvidar que la muchacha que amé me era infiel, y recordarla sólo como la vi con los ojos de mi amor juvenil, me iría contento de la vida. ¡Qué viejo y miserable soy!
JIM

22 de agosto de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín

Amor mío, ¡no puedes sospechar el hastío que siento en Dublín! Es la ciudad del fracaso, del rencor y la desdicha. Anhelo marcharme de aquí.

Pienso constantemente en ti. Por la noche, al acostarme, es una verdadera tortura. No voy a escribirte en esta hoja lo que llena mi pensamiento, la locura del deseo. Te veo en un centenar de posturas, grotesca, vergonzosa, virginal, lánguida. Querida, cuando nos reunamos, entrégate a mí con plenitud. Todo esto es sagrado, oculto para los demás, debes darte a mí libremente. Deseo ser el dueño de tu cuerpo y de tu espíritu.

Hay una carta que no me atrevo a ser el primero en escribir y sin embargo espero que algún día tú lo hagas. Una carta sólo para mis ojos. Quizás tú la escribas y así se mitigue la angustia de mi espera.

¿Qué puede pasar ahora entre nosotros? Hemos sufrido y hemos sido puestos a prueba. Se ha desvanecido todo velo de vergüenza o desconfianza entre nosotros. ¿Acaso veremos cada uno en los ojos del otro las horas y horas de felicidad que nos esperan?

Nora, adorna tu cuerpo para mí. Cuando nos encontremos debes estar hermosa y feliz, enamorada y provocativa; llena de recuerdos, llena de deseo, ¿Recuerdas los tres adjetivos que utilicé en “Los muertos” al hablar de tu cuerpo? Eran estos: “musical, extraño y perfumado”.

Todavía laten celos en mi corazón. Tu amor por mí debe ser intenso y violento para que olvide completamente.

Nora, no permitas siquiera que pierda el amor que te tengo. Si pudiéramos seguir de esta manera juntos en la vida, podríamos ser muy felices. Déjame amarte, Nora. No mates mi amor.

Te llevaré un pequeño regalo. Todo es idea mía, y me ha costado mucho hacerlo como deseaba. Pero será siempre un recuerdo de estos días.

Querida, escríbeme y piensa en mí.                                  

¡Qué representa una semana o diez días comparado con todo el tiempo de alegría que nos espera!

JIM

2 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín

Querida mía, quizás debo comenzar pidiéndote perdón por la increíble carta que te escribí anoche. Mientras la escribía tu carta reposaba junto a mí, y mis ojos estaban fijos, como aún ahora lo están, en cierta palabra escrita en ella. Hay algo de obsceno y lascivo en el aspecto mismo de las cartas. También su sonido es como el acto mismo, breve, brutal, irresistible y diabólico.

Querida, no te ofendas por lo que escribo. Me agradeces el hermoso nombre que te di. ¡Si, querida, “mi hermosa flor silvestre de los setos” es un lindo nombre! ¡Mi flor azul oscuro, empapada por la lluvia!

Como ves, tengo todavía algo de poeta. También te regalaré un hermoso libro: es el regalo del poeta para la mujer que ama. Pero, a su lado y dentro de este amor espiritual que siento por ti, hay también una bestia salvaje que explora cada parte secreta y vergonzosa de él, cada uno de sus actos y olores. Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta a una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tu trasero, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto. Esto me permite estallar en lágrimas de piedad y amor por ti a causa del sonido de algún acorde o cadencia musical o acostarme con la cabeza en los pies, rabo con rabo, sintiendo tus dedos acariciar y cosquillear mis testículos o sentirte frotar tu trasero contra mí y tus labios ardientes chupar mi pija mientras mi cabeza se abre paso entre tus rollizos muslos y mis manos atraen la acojinada curva de tus nalgas y mi lengua lame vorazmente tu sexo rojo y espeso. He pensado en ti casi hasta el desfallecimiento al oír mi voz cantando o murmurando para tu alma la tristeza, la pasión y el misterio de la vida y al mismo tiempo he pensado en ti haciéndome gestos sucios con los labios y con la lengua, provocándome con ruidos y caricias obscenas y haciendo delante de mí el más sucio y vergonzoso acto del cuerpo. ¿Te acuerdas del día en que te alzaste la ropa y me dejaste acostarme debajo de ti para ver cómo lo hacías? Después quedaste avergonzada hasta para mirarme a los ojos.

¡Eres mía, querida, eres mía! Te amo. Todo lo que escribí arriba es sólo un momento o dos de brutal locura! La última gota de semen ha sido inyectada con dificultad en tu sexo antes que todo termine y mi verdadero amor hacia ti, el amor de mis versos, el amor de mis ojos, por tus extrañamente tentadores ojos llega soplando sobre mi alma como un viento de aromas. Mi pija está todavía tiesa, caliente y estremecida tras la última, brutal embestida que te ha dado cuando se oye levantarse un himno tenue, de piadoso y tierno culto en tu honor, desde los oscuros claustros de mi corazón.

Nora, mi fiel querida, mi pícara colegiala de ojos dulces, sé mi puta, mi amante, todo lo que quieras (¡mi pequeña pajera amante! ¡mi putita cogedora!) eres siempre mi hermosa flor silvestre de los setos, mi flor azul oscuro empapada por la lluvia.

JIM

  

Matasellos del 23 de agosto de 1912
21 Richmond Place, N.C.R.
Dublín

Querida mía, esta mañana llamé para citarme con Roberts. No estaba allí, pero me dejó la carta que te adjunto. La leí y caminé por la calle sintiendo cómo todo mi futuro se escapaba de mi control. Permanecí durante una hora sentado en un sofá de la oficina de mi padre. He estado toda la noche con el libro entero en la cabeza, imaginé que lo veía, que lo leían mis conocidos, imaginé las críticas sobre él, tanto amables como poco amistosas. Esta mañana todo parecía derrumbarse.

Me parece que hubiera sido mejor no decir nada más. Hoy he pensado largo rato en usar el dinero que me queda en un revólver, y usarlo con los sinvergüenzas que durante tantos años me han torturado con sus esperanzas. No diré más. Si me quieres, lo sentirás por ti misma [sic] Querida, estoy seguro de que lo harás, y, oh, cómo me gustaría tener tu apoyo y tus palabras de ánimo, para olvidarlo todo y dormirme en tus brazos, oculto por tu amor.

No sé lo que haré o lo que puedo hacer. Ya lo pensaré. Lucharé hasta el fin. Stannie no me ha enviado ni una línea ni ningún dinero.

Mañana empeñaré mi reloj y mi cadena para subsistir algún tiempo más. Parece que todo se ha desvanecido, dinero, esperanza y juventud.

Al menos estarás tú. No te aflijas por mí. Come, duerme y sé feliz.

Cuando nos encontremos (y espero que sea muy pronto), espero encontrar en ti lo que he perdido en otras partes, verte joven y feliz, sonriente y caminando como una reina.

JIM

P.S. Me sorprendió y desilusionó no haber recibido hoy carta tuya.

Escribe de una vez y devuélveme la carta de Roberts. Piensa en mí, pero no te impacientes.

Pilar Dasí Crespo

Volver a Jornadas

 


 
Inicio | Actividades | Enlaces | Publicaciones | Miembros | Textos | Foro | Contactar

2006 Todos los derechos reservados