La AePCL (Asociación española de Psicoanálisis del Campo Lacaniano) responde a la iniciativa de quienes desean crear una comunidad de trabajo de ámbito español que mantenga viva la experiencia psicoanalítica en la orientación de S. Freud y J. Lacan.



VIII. JORNADAS DE LA AEPCL
Avidez, hazaña y simulacro en la vida amorosa.


TERCER NO-PRELUDIO
 

De lo peor que sale de unos sujetos, otros logran sacar lo mejor de sí mismos: tal el caso de Joseph Conrad, sin mella del tiempo, de Horacio Castellanos o Fernando Vallejo. Tres autores, podrían haber sido otros, que encontraron en la escritura el lenitivo que les permitió afrontar, siquiera de modo parcial, la iniquidad humana que les tocó soportar.

Se les debe una literatura ética, en la que planea la cuestión de la culpa colectiva, como medio de eludir las responsabilidades individuales. En su obra muestran cómo opera la pulsión de muerte en el seno de las sociedades que recrean, ficticias o reales, cuando la ley, ley cívica, ley pública, sucumbe o se convierte en mentira, mera parodia que da paso a un goce mortífero que arrasa las subjetividades.

Joseph Conrad, después de su viaje al Congo belga, no pudo sino dedicarse a dar testimonio de lo que allí presenció: la explotación, la esclavitud y el asesinato de cientos de miles de personas. Escribir, para fortuna de sus lectores, fue su mejor modo de hacerlo, y sus libros quedan como documento que atestigua del poder destructor del que el hombre es capaz.

En su novela autobiográfica, *El corazón de las tinieblas*, de manera formidable, recorta dos elementos: la voz y la mirada, hostiles ambas, en el seno de un terreno inexplorado. La voz, separada de su dueño, como la huella cruel y horrible de la civilización del hombre blanco en una tierra primigenia, ignota, desconocida: el Africa negra de final del siglo XIX. Y la mirada amenazante, inquietante y perturbadora proveniente de las profundidades de una misteriosa masa verde, oscura y tenebrosa: la selva, viva, que encierra al río Congo. El análisis de este Conrad intemporal conserva toda su vigencia, e indica que allí donde en nombre del ideal civilizador el hombre blanco infligió las peores calamidades, su misma acción se le torna dañina, ominosa, creándole un entorno lúgubre y coactivo.

Conrad, de sí mismo dijo que antes de su viaje al Congo él era un “simple animal”, en referencia al empuje destructivo del ser humano que descubrió en su periplo africano, algo cuya existencia no había podido vislumbrar hasta que su espíritu aventurero y agitado lo condujo al corazón de las tinieblas. 

Horacio Castellanos, de este tiempo nuestro, arranca *Insensatez*, su novela sobre el genocidio de indígenas guatemaltecos, con estas turbadoras y acertadas palabras: “Yo no estoy completo de la mente”. Frase que quiere expresar el quebranto del personaje que las pronuncia, que hubo de presenciar, herido e impotente, el asesinato de su esposa y de sus hijos, a manos del ejército de su país.

En *El asco*, otra extraordinaria narración del mismo autor, su personaje central, que toma el nombre del austriaco Thomas Bernhard, lo cual es ya toda una declaración, realiza una crítica sin tregua a la sociedad de su país, El Salvador. Escribe: “Lo único que importa es la plata que tenés, a nadie le importa nada más, la decencia se mide por la cantidad de dinero que tenés, no hay ningún otro valor, no se trata de que la cantidad de plata que tengás esté por sobre todos los demás valores, no significa eso, significa que no hay otro valor, que no existe ninguna otra cosa que esté detrás de eso, simple y sencillamente ése es el único valor que existe”.

Desengañado, maldice a sus afines, la izquierda revolucionaria, que “cambiaron sus arengas de justicia por cualquier migaja que cae de la mesa de los ricos”. Incompleto de su mente asimismo, expatriado, Castellanos no reconoce más patria que la memoria, “la memoria de las cosas duras, de las grandes heridas”, a partir de la cual construye su mundo literario con la renuncia, expresa, a la idea de escribir la Verdad.

Fernando Vallejo, expatriado también, escéptico, irreverente, pesimista, y atormentado por su ciudad natal, Medellín, en su novela, *La virgen de los sicarios*, ha podido escribir eso de que los hombres “somos una pesadilla de Dios, que es loco”. En un torrente iconoclasta del que nadie escapa, desespera de una sociedad sin ley, o cuya única ley es la de los sicarios, donde reina el desgobierno, el desbarajuste, el caos y la convivencia cotidiana con la muerte, para la que no ve otra solución más que la misma muerte. No importa aquí la figura del cínico, del individuo no dividido interesado sólo en su satisfacción, puesto que la violencia, el asesinato antojadizo, la impunidad, ponen en evidencia no el consumo insaciable de objetos, sino la voracidad en el consumo de  vidas, vidas ajenas tomadas en tantos casos al azar para su supresión. Sin máscaras, dolido, escribe más adelante estas aceradas palabras: “A Dios, como al doctor Frankenstein su monstruo, el hombre se le fue de las manos”.

Literatura testimonial en Conrad, o estética cínica en Castellanos o Vallejo, o ética como aventuraba yo al principio, son solo aproximaciones, extrañas a estos autores, que no alcanzan a cifrar el abismo humano que con su escritura consiguen atisbar.

Francisco Cervilla

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