El dolor que se manifestó para Freud a través del síntoma de conversión histérica
ha estado presente desde los albores del descubrimiento del psicoanálisis. Las parálisis
histéricas y los síntomas de conversión constituyeron para Freud una incógnita pues
si bien desde la medicina no se encontraba nada que lo justificara, las pacientes
lo padecían. Fueron tachadas de embusteras pero a Freud, la queja y el dolor histérico
le valieron para a partir de la incógnita poder producir un saber.
Freud leyó el síntoma histérico y lo que sacó a la luz fue un cuerpo afectado por
el lenguaje. Las histéricas no mentían, no había alteración orgánica pero sí funcional,
el cuerpo se hallaba afectado. Lo que descubrió fue la incompatibilidad entre el
goce del cuerpo y las representaciones de deseo. La represión disocia estos dos
elementos y el sujeto nada sabe de lo que afecta su cuerpo.
Cuerpo afectado, marcado por las huellas del discurso. Desde los inicios de la investigación
psicoanalítica Freud mostró como era susceptible de conversión histérica el cuerpo
recortado por el decir popular, no el del saber anatómico. En la formación del síntoma
encontramos las dos ideas de cuerpo anudadas, es decir, el cuerpo excitable del
viviente y por otra parte el cuerpo afectado por el lenguaje. Estos dos se combinan
en la formación del síntoma.
El sufrimiento en el cuerpo no es sólo privativo de la histeria, lo encontramos
en todos los seres hablantes.
En “Psicoanálisis y Medicina”, Lacan dice que hay goce en el nivel donde comienza
a aparecer el dolor y agrega que sabemos que es sólo a ese nivel del dolor que se
puede experimentar toda una dimensión del organismo que de otra manera aparece velada.
Estos síntomas aparecen en general desubjetivados y los sujetos recurren a la ciencia
y se someten a toda clase de exploraciones y son tratados farmacológicamente. Por
otra parte desde lo social se crean todo tipo de asociaciones para los sujetos tratados
como víctimas y como tales solicitan bajas laborales e incapacitaciones temporales
y en algunos casos permanentes. Sus síntomas no hacen trabajar y producir saber
en el Otro, si no que tanto la respuesta que viene del otro de la ciencia como del
otro social, deja fuera de juego el saber particular y el sufrimiento del cuerpo
no puede anudarse para tomar la dimensión del síntoma como pregunta si no que permanece
como dolor sin sentido.
La violencia no es abordada por Freud como concepto pero sí encontramos términos
ligados con la violencia que nos valen de brújula para poder abordarla. Estos son
la agresividad, el sadismo, la destructividad el odio y la pulsión de muerte. En
“La desilusión provocada por la guerra” dice claramente Freud que la cultura exige
una renuncia pulsional y que los ideales y las normas son transmitidas por la educación
y la cultura pero agrega que produce asombro la facilidad con la que “las buenas
inclinaciones” se diluyen y lo que aflora es la “maldad” con violencia. “En realidad”,
agrega, “no hay desarraigo alguno de la maldad”. En los sueños aparecen disfrazadas
estas inclinaciones, pues “cada vez que nos dormimos arrojamos de nosotros como
una vestidura esa eticidad que con tanto trabajo hemos adquirido”.
Por otra parte el odio como defensa, como modo de separación es primario, y acecha
tras el amor. El odio, en principio, como modo de construcción del yo y del no yo,
se manifiesta como una tendencia vital, a la que el sujeto renuncia en parte por
la necesidad de amar y ser amado. Al campo del yo se integrarán las experiencias
placenteras, y el campo del no-yo se constituirá como el campo de lo extranjero,
al que irán a parar los objetos causantes de experiencias dolorosas o de displacer.
Este objeto “malo” será rechazado impidiéndole su acceso al universo simbólico.
De este modo este objeto sólo se podrá hacer presente a partir de lo real.
Lo insoportable, lo inadmisible queda por fuera de lo simbólico y se constituye como lo odiado. Este tiempo, tal como lo desarrolla Ana Martínez en su artículo
“Violencia, agresividad, destructividad y crueldad: elucidación desde el discurso
analítico” es anterior a la emergencia del estadio del espejo, por lo que el registro
imaginario se encuentra excluido de la dialéctica del odio. Lacan vinculó en un
principio la formación de las reacciones agresivas con el narcisismo. En el Seminario
“Las formaciones del inconsciente” explica que la agresividad provocada en la relación
imaginaria por el pequeño otro no se puede confundir con la potencia agresiva como
tal. La violencia es lo esencial en la agresión. No se trata de la palabra, y aquí
contrapone palabra y violencia.
La violencia ha estado presente en la civilización desde el inicio y a través del
tiempo ha mostrado que las “grandes naciones” no escapan a ella. Esa fue la desilusión
que la guerra provocó en Freud. Los sujetos cometen actos de crueldad, malicia,
traición y brutalidad independientemente del nivel cultural que tienen. Esto demostró
ser un ideal de Freud que cayó con el inicio de la guerra. Nosotros los analistas,
en ocasiones esperamos que el fin de análisis pudiera traer para un sujeto un apaciguamiento
del odio, pero esto también en los avatares de las comunidades analíticas
es puesto en cuestión.
En la actualidad mucho se habla de las manifestaciones de la violencia, tanto desde
lo social como desde el ámbito educativo y familiar. Estos fenómenos no son nuevos,
siempre han estado allí, pero se manifiestan con el sello de la particularidad de
nuestra época. El psicoanálisis está concernido por estos fenómenos que merecen
un análisis serio y riguroso para dilucidar sus particularidades. Dolor y violencia,
manifestaciones del malestar y formas del goce que aparecen hoy con sus caras particulares
que son las fibromialgias, la fatiga crónica, el acoso escolar, la violencia de
género, la violencia en la pareja, etc.
Estas y otras cuestiones serán abordadas en las VII Jornada de la AePCL que tendrá
lugar en Valencia el domingo 20 de mayo
Cora Aguerre
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